Artículos sobre el padre Opeka
"Hablar es burlarse de los pobres" - BBC Mundo 7 de Octubre de 2009
"Uno no tiene tiempo de pensar en el miedo". Esa es la primera frase que le viene a la mente al padre argentino Pedro Opeka para explicar cómo enfrentó el desafío de dejar su Argentina natal y radicarse en Madagascar, donde fundó la Asociación Humanitaria Akamasoa, dedicada a ayudar a los más pobres de esa nación africana.
Para responder a las preguntas de los lectores de BBC Mundo -como la de Elba Cano, de Venezuela- el padre Pedro explica que estuvo durante 15 años en la selva, "aprendiendo la lengua de Madagascar, aprendiendo las costumbres, las tradiciones, la mentalidad de ese pueblo".
De aquellos tiempos recuerda que "en la selva había pobreza, pero mucha solidaridad", pero cuando llegó al basurero de Antananarivo, donde actualmente trabaja, comprobó que "había miseria" y que "cada uno odiaba al hermano".
"Cuando vi ese odio entre los pobres de un basurero grité –en el momento no me di cuenta que no estaba solo y que había delante de mí un millar de personas que podrían haberme pegado–, 'hermanos, no puede ser que siendo tan pobres sean tan desunidos'. Lo dije en lengua malgache, con algunos proverbios malgaches, y con la fuerza que lo dije, ellos se quedaron sorprendidos".
Ahí comenzó una nueva vida. "No tuve tiempo de pensar en el miedo. Sólo veía esos niños que se disputaban la basura con cerdos y perros; ahí me quedé electrocutado. Yo no podía hablar. Hablar es burlarse de los pobres; aquí hay que actuar, hay que actuar ya, ahora".
"Una alianza con Dios"
El padre Pedro cuenta en esta entrevista interactiva que hizo "una alianza con Dios". Esa fue la decisión que tomó tras sus primeros contactos con la gente del basurero y que 20 años más tarde, el trabajo que comenzó en un gran silencio, "sorprende a mucha gente".
Madagascar le reveló el rostro adusto de la miseria donde gran cantidad de niños mueren por enfermedades que son curables en los países desarrollados y comprobó que la resignación anidaba en muchas de esas familias. "Entonces yo dije: 'no hermanos; esta pobreza la vamos a vencer y vamos a salir y nuestros hijos tienen derecho a vivir con más dignidad y no morir a los cinco o seis años".
"No me puedo acostumbrar a enterrar a los muertos. Cada muerte para mí es un drama nuevo, es un dolor. Y así, con la gente que sufre, sufrimos juntos y decimos: 'bueno, trataremos de que en el futuro haya siempre menos muertes, de jóvenes, de gente que nunca debería morir'", explica tras evocar los comienzos del proyecto Akamasoa, al que define como "un gran movimiento de solidaridad".
La realidad del padre Pedro contrasta con la de los países desarrollados que según Richard Baptista León, de Caracas Venezuela, gastan mucho dinero en sus carreras armamentistas, pero no miran a los países hundidos en la miseria. "Yo estoy escandalizado", le responde.
"Siento mucha bronca como decimos en Argentina, yo estoy escandalizado y lo trato de gritar".
"No se mojan"
Opeka también tiene una posición crítica respecto a las cumbres internacionales sobre hambre y alimentación o a los objetivos del milenio.
"Son programas que ponen para darse buena conciencia, pero muy poca gente obra –sobre todo aquellos que más medios tienen–, no se comprometen, dan grandes ideas, dan consejos, pero no se mojan. No entran en la vida de los pobres, pero vienen con discursos que los pobres no comprenden aquí en África".
"Padre, tengo hambre; padre, estoy enfermo, no tengo dinero, no tengo trabajo, no tengo vivienda, no tengo qué darle de comer a mis hijos", es el lenguaje que según Opeka entiende la gente de Madagascar.
El padre considera que "no se puede hacer filosofía de la pobreza" y agrega que "aquí la combatimos cuerpo a cuerpo, todos los días, sin intermediarios".
"Yo no tengo fórmulas, pero sí puedo contagiar fuerza y convicción de que se puede hacer porque aquí lo hemos comenzando sin dinero y sin ser apoyados por las grandes entidades y grandes organismos internacionales".
Seguir el modelo
La obra del padre Pedro llamó la atención a muchos lectores de Latinoamérica, como Natalia Jimena de Rosario, Argentina, quien le preguntó si existe alguna posibilidad de extrapolar el proyecto de Madagascar a la región. "Yo pienso que los mecanismos se tienen que crear en cada lugar, en cada país".
"Así que le diría a Natalia que ideas hay, lo que nos falta es cumplirlas, es zambullirse en el medio de los pobres, entrar ahí adentro y comenzar con un pequeño proyecto. No hay que pensar en el gran proyecto. Nosotros empezamos aquí dándole de beber a los niños un poco de leche y un pedacito de pan".
El padre Pedro dice que su sueño es que "seamos una verdadera familia humana, que los unos a los otros nos sintamos como hermanos".
En ese sentido agrega que "compartir es amar, es una obligación moral que tenemos y no podemos basar la economía solamente en la ganancia".
Al ser consultado sobre la posibilidad de que un día se haga acreedor del premio Nobel de la Paz, expresa que "eso depende de la providencia". Sin embargo, aclara: "si algún día aparece algo así, más ventanas se abrirán para ayudar a los pobres más eficazmente".
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Opeka, en la Argentina - La Nación 18 de Abril de 2009
Pedro Opeka, sacerdote argentino misionero en Madagascar, estuvo de visita en nuestro país para brindar distintas charlas en las que contó su experiencia en la Asociación Humanitaria Akamasoa.
Candidato al Premio Nobel de la Paz y recientemente premiado en el Vaticano, relató cómo desde esta asociación ayudaron a miles de personas a salir de los basureros municipales. Y cómo gracias a su esfuerzo y trabajo lograron una vida más digna. Jesús María Silveyra, autor del libro Un viaje a la esperanza, en el que se describe la obra del padre Opeka, lo acompañó en las exposiciones.
Más información en www.jesusmariasilveyra.com.ar
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Hay que despolitizar la lucha contra la pobreza - La Nación 30 de Marzo de 2009
Si a veces se sostiene que no existen las casualidades sino las causalidades, la llegada del padre Pedro Pablo Opeka a Buenos Aires en días en que recrudece el debate sobre la inseguridad y la pobreza, echa un viento de refrescante frente a tanta desesperanza.
Este sacerdote misionero de los padres vicentinos, nació en Buenos Aires, se ordenó en una ceremonia en la Basílica de Luján en 1975 y desde 1976 vive en Madagascar, donde ha construido una obra que demuestra, después de más de tres décadas de lucha y perseverancia, que se puede salir de la pobreza con trabajo y dignidad.
Hasta 1989 el Padre Pedro, como todos lo llaman allí, atendió una parroquia en el sur de la isla, de 17 millones de habitantes, situada entre Africa y Asia, con una situación de pobreza crónica, y a partir de ese año fue trasladado a la capital, Antananarivo, para hacerse cargo del seminario de la Congregación para la Misión, de San Vicente de Paul.
Al ver la situación de indigencia y miseria que reinaba en la capital y sus suburbios, especialmente en los basureros donde la gente vivía en casas de cartón y los niños se disputaban la comida con los cerdos, se conmovió y resolvió hacer algo por ellos, siempre que estuvieran dispuestos a trabajar.
"El asistencialismo es una mala manera de ayudar al hombre. Hay que acompañarlo para que aprenda a bastarse por si mismo, a superarse. Puede ser un recurso para enfermos o discapacitados, pero a la gente en general hay que demostrarle que puede vivir de sus propias fuerzas", aseguró el sacerdote, que en estos días realiza una visita a su familia en Buenos Aires.
Hace 20 años, el Padre Opeka fundó con un grupo de jóvenes colaboradores la Asociación Humanitaria Akamasoa, que en lengua malgache quiere decir "Los Buenos Amigos", con el propósito de servir a los más necesitados. Con ayuda del exterior y el trabajo de la gente comenzaron a fundar pequeños poblados, con escuelas, dispensarios, pequeñas empresas y hasta un hospital. Hoy en los cinco poblados (uno en el campo y cuatro en los alrededores de la capital junto al basurero municipal) viven más de 17.000 personas, cerca de 9500 chicos estudian en sus colegios y unas 3000 personas trabajan en la Asociación, atendiendo escuelas, dispensarios, la cantera y una fábrica de muebles y artesanías. Además, desde su fundación casi 300.000 personas han pasado por su Centro de Acogida donde reciben ayuda temporaria.
"Los gobiernos que fomentan el asistencialismo están fomentando la delincuencia y la exclusión y están profundizando el problema. Y si no se atacan en serio las causas de la pobreza es para seguir aprovechándose de ellos, utilizándolos", se lamenta.
-¿Cómo se vence la pobreza?
-Viviendo en medio de los pobres, venciendo todos los días las causas que provocan esa caída en la pobreza extrema. Cuando la gente se levanta y ve los frutos de su propio trabajo, ve que sus hijos pueden tener un futuro mejor, siente que lo tiene que cuidar y ése es el primer paso para salir de la pobreza. Junto con la pobreza económica se viene abajo la autoestima y la moral. La familia explota y ya no hay un núcleo donde formar a la persona. Cada uno tiene que rebuscársela, salir a robar porque cada noche tienen que trae algo como sea, o no volver.
Cuando se le recuerda que en Buenos Aires por lo menos 500 mil jóvenes no estudian ni trabajan, el Padre Opeka no lo duda y asegura: "Es un huracán que se les viene encima a los argentinos y les hará mucho daño. Es una bomba en potencia que va a estallar y va a profundizar la inseguridad y el sufrimiento. La sociedad argentina tiene que reaccionar".
-¿Qué haría, si de usted dependiera?
-Como primera medida iría hasta donde está la pobreza, me metería en ella. Porque el primer paso para acabar con la pobreza es enfrentarla. Hay que entrar en la herida de la gente, curando sus necesidades básicas, creando puestos de trabajo, diversificando las oportunidades. Me duelen los discursos, los slogans, los preconceptos. En Argentina, en estos días, he sentido mucho de eso y también mucha demagogia. La riqueza la tiene que crear el trabajo genuino, la capacitación, la superación de las condiciones de vida para que las personas se puedan independizar de los gobiernos. Pero entonces se acaba el clientelismo. Más grave aún en el proceso se va infiltrando la droga, la delincuencia, la violencia. Hay que llegar a tiempo, porque cuando esto ocurre, después desandar el camino será una tarea ciclópea. Si usted me dice: Padre, venga a la Argentina, yo vengo, pero hay que saber que los primeros frutos los veremos dentro de 15 años.
Un continuo empezar
La tarea humanitaria del Padre Opeka en los basurales de Antananarivo está narrada en un libro cuyo título lo dice todo: "Un viaje a la esperanza" (Lumen), de Jesús María Silveyra. Este escritor católico viajó a Madagascar para dar testimonio de una obra donde la clave es compartir y la fuerza radica en el espíritu de unidad.
"Está demostrado que no necesitamos expertos de organismos internacionales que vengan a explicarnos en seminarios de dos días cómo combatir la pobreza desde hoteles 5 estrellas", dice el Padre Pedro.
"En la lucha contra la pobreza no se puede cantar victoria antes de empezar. Yo diría que es un continuo empezar. Hay que trabajar día a día, se avanza un paso y se retroceden diez, uno da su confianza y se siente defraudado, pone todo su ser y la respuesta es la mentira, la huída. Pero hay que quedarse en el lugar, perseverar. Con la gente del país, con la juventud del país y con medios y ayudas normales podemos vencer. Pero hay que despolitizar la lucha contra la pobreza, de lo contrario no se va a salir.
-¿Ha intentado replicar su modelo en otros lugares?
-Nuestro ejemplo se puede aplicar en cualquier lugar del mundo respetando a la persona; dándole responsabilidad; haciéndole tomar conciencia del lugar que tiene en la familia y en la sociedad y haciéndole comprender que es el actor de su propio futuro. Luego hay estrategias, ayudas financieras, pero el cambio debe generarse desde la persona. A la gente buena y honesta quisiera darle coraje para seguir.
Por Carmen María Ramos
Para lanacion.com
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Un cura argentino que sabe como vencer la pobreza - Diario Clarín 23 de Marzo de 2009
Los cientos de chicos escarbando en un inmenso basurero de las afueras de Antananarivo, la capital de la isla africana de Madagascar, le causaron un tremendo impacto. "Acá no hay que hablar porque sería una falta de respeto hacia ellos, sino que debemos ponernos a trabajar", dijo. Veinte años después de aquella decisión, su autor, el sacerdote argentino Pedro Opeka (60), no sólo puede decir que evitó que miles de chicos revolvieran en la basura, sino que posibilitó una vida digna a más de 300 mil personas gracias a la creación de cinco complejos habitacionales, educativos y laborales donde viven hoy de modo estable 18 mil personas.
"Junto con el amor, el respeto y la oración, mi propuesta tiene tres pilares que son la educación, el trabajo y la disciplina", dice Opeka a Clarín con ocasión de una nueva visita al país. Una fórmula que no solo le dio resultado, sino que convirtió a su obra en una referencia ineludible de los organismos sociales de la ONU y la Unión Europea. Y que el año pasado le valió el premio "Solidaridad y Desarrollo" que otorga la fundación italiana San Mateo, distinción que recibió en el Vaticano de manos del propio Papa Benedicto XVI.
Nacido en San Martín, en el gran Buenos Aires, hijo de inmigrantes eslovenos, Opeka aprendió de muy chico el oficio de albañil. Antes de cumplir 17 años ya había construido su primera casa en Junín de los Andes para una familia mapuche. Sacerdote de la congregación de San Vicente de Paul, lleva 34 años misionando en Madagascar, uno de los 20 países más pobres del planeta. Y procurando en las últimas dos décadas que los pobres sean protagonistas de su desarrollo.
"Tuve que ganarme la confianza de la gente, que vieran que trabajaba a la par de ellos, que no les hacía falsas promesas y, entonces, fueron aceptando el desafío", cuenta. Además, los invitaba a rezar, a la misa del domingo, oficiada con una liturgia muy festiva que toma en cuenta la cultura del lugar. ""Hoy tenemos misas a las que asisten con emoción 5.000 personas y constituyen una cita obligada para muchos turistas", dice. Turistas que se convierten en difusores de su obra en el mundo.
Opeka -quien este jueves disertará a las 19 en la Sociedad de Distribuiores de Diarios y Revistas, Belgrano 1732, sobre cómo salir de la pobreza- se sobresalta al referirse al enorme aumento de la pobreza en el país. "Cuando me fuí, en 1968, había un 3 % de pobres y en 2002 se superó el 50%, en un país potencialmente rico", señala. Y concluye: "Hay que ir resolviendo entre todos el tema de las villas construyendo viviendas dignas, urbanizando. Si lo pudimos hacer en un basurero de Madagascar -remata-, también se puede hacer acá".
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Un Canto a la Esperanza - Pasos Magazine
Buscando buena lectura para los alumnos con quienes comparto el arte de enseñar y aprender me encontré con la historia de un sueño que se fue haciendo realidad.
“Un viaje a la esperanza” es el título del libro escrito por Jesús María Silveyra, que se complementa con el subtitulo “Salir de la pobreza con trabajo y dignidad”.
El autor motivado por un reportaje al Padre Pedro Opeka publicado en el diario “La Nación” tuvo la idea de narrar sobre la obra realizada por él en aquella isla africana.
Madagascar, está situada entre África y Asia, tiene altos índices de pobreza que se manifiesta en enfermedades, analfabetismo, alcoholismo, delincuencia, violencia, muerte prematura en niños y ancianos, jóvenes sin proyectos de vida.
Este fue el lugar que el P. OPeka eligió para su misión.
Se contactó con la gente que vivía en un basural y junto a ellos comenzó a generar el proyecto de una ciudad.
Es significativa la anécdota contada por Silveyra en la cual pone de manifiesto la sencillez del P. Pedro. El es descendientes de eslovenos y mide casi 2 mts de altura. Cuando va a dialogar con la gente por primera vez se encuentra que las casas construidas de cartón son bajas y pequeñas. Pedro tiene el noble gesto de agacharse para entrar en sus viviendas. Esto para la gente fue la carta de presentación de alguien que realmente venía a ayudarlos. Como decía el mártir argentino Monseñor Angelelli había que tener “un oído en el pueblo y el otro en el Evangelio”.
Las trabas gubernamentales junto a la labor de convencer a la gente que se podía salir de esa situación fueron escollos importantes que debió superar para ir concretizando lo que había soñado.
Consiguió los terrenos y el compromiso de la gente con la obra, también pidió y obtuvo ayuda externa.
Akamasoa que en lengua malgache significa “Los buenos amigos” es ese lugar donde hoy los niños tienen esperanza de comenzar una vida digna desde el vientre materno y llegar a la universidad o conseguir un trabajo.
Un periodista extranjero se maravillaba de las casas tan lindas y comentaba que era la primera vez a que veía casas tan hermosas construidas para los pobres. La dignidad es de la persona humana y la vida plena es para todos.
Silveyra viajó a Madagascar, estuvo un tiempo allí charlando con la gente que llevó adelante la obra, visitó cada uno de los lugares y fue hilvanando esta historia contada en el libro, donde el P. Pedro recuerda su infancia, su familia, sus sueños. Palpó las necesidades concretas de la gente y fue testigo de los ladrillos que se usaron no sólo para edificar las casas, sino también la escuela, el centro asistencial y el salón de reuniones.
Una imagen que nos mostraba Jesús María a través del video en cual observábamos al P. Pedro plantando árboles junto a la gente. El – Pedro- soñó que allí habría un bosque y no espero, sino que comenzó a plantar árboles pensando que un día quizás sea realidad ese bosque soñado.
De la lectura y la charla del libro me traslado a pensar en nuestro país: cuantas viviendas faltan, cuantas escuelas sin hacer o con problemas edilicios, cuantos caminos sin asfaltar y tantas cosas que nos faltas para vivir dignamente.
Seria muy bueno que ciudadanos y políticos aprendiéramos el ejemplo de no dar pescado sino enseñar a pescar. Generar puestos de trabajo es generar vida. Trabajar es dignidad y la dignidad se vive día a día.
Dar una moneda soluciona quizás lo urgente pero dar un trabajo genera proyectos de vida a largo alcance.
Si tuviera la certeza que algún gobernante o político lo leyera le alcanzaría el libro, pero los debates que veo y escucho habitualmente me dan la impresión que no leen demasiado –diría casi nada- y que el interés personal de la política termina en el propio ombligo y no se proyecta en la comunidad.
No importa si es un sacerdote, un rabino o un imán, si cree en Dios o no cree, pero si cualquiera de nosotros hacemos algo por uno de nuestros semejantes aunque sea para salvar una vida tendremos la paz y alegría que nuestra vida no fue en vano.
Estimo que Pedro Opeka, sacerdote argentino en Madagascar tiene esa paz y alegría que vive y transmite.
Sigo apostando a la esperanza, no bajemos los brazos de la dignidad y que veamos en el rostro del otro a un semejante. Las crisis son una oportunidad para sacar lo mejor de cada uno, de generar ideas y proyectos nuevos, de probar que los seres humanos apostamos por la vida.
Termino estas líneas contando esta breve historia: un papá cansado que su hija interrumpía cada rato su lectura tuvo la feliz idea de darle para armar un rompecabezas donde estaban cada uno de los países, por la edad de la niña el padre pensó que le llevaría tiempo y él podría terminar tranquilo el libro.
A los pocos minutos la niña le dice que ya estaba armado, sorprendido el papá va hasta la habitación y ciertamente estaba el rompecabezas armado con cada país en su lugar. “¿Cómo hiciste?” pregunta su papá. “Muy fácil papá” - dijo la niña, “hay líneas detrás de cada país, las seguí y vi que se estaba armando una persona, entonces arme la persona y me quedo armado el mundo” concluyo.
La reflexión es para que cada uno la haga en la intimidad de su conciencia y de su corazón.
Hasta la próxima.
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